Así es como se sabe la edad de los cráteres en la Luna y otras cosas en el espacio

Conocer más sobre nuestro satélite natural siempre ha sido unas de las más grandes ambiciones del ser humano, razón por la cual hemos pasado décadas tratando de llegar a ella para extraer toda clase de datos y muestras.

Sondas han orbitado alrededor de la Luna desde hace mucho tiempo para poder capturar imágenes de alta calidad para poder crear un mapa que nos pueda sugerir los diversos fenómenos que han ocurrido en su superficie.

Gracias a estos datos, es que no solamente hemos podido ver la amplia gama de cráteres por la que es bien conocida la Luna, también se han encontrado vestigios de actividad volcánica, como lo es lava que en algún momento de la historia lunar tuvo que salir hacia la superficie debido a una erupción volcánica, quedando perpetuada.

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Sin duda, una erupción volcánica violenta como las que vivimos en nuestro planeta es lo último que esperamos apreciar en nuestra quieta, pálida y perpetuamente pacífico satélite natural.  Pero los alunizajes también han corroborado estas observaciones.

Oceanus Procellarum es la zona exacta donde se ha encontrado esta lava o basalto, dejando ver la composición de su interior, como uranio, torio y potasio. Así lo demostró la visita de Chang’e-5, la sonda lunar china que logró obtener muestras de este curioso suelo para su análisis.

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Dichos análisis también arrojaron un estimado de su antigüedad que resultó ser de 1.963 millones de años, con un margen de error de aproximadamente 57 millones de años. Pero no todo lo hallado tiene sentido, pues esperaban ver algunas características propias de altas temperaturas de la lava, sin embargo, no hallaron nada y dejaron a los científicos con más tarea que hacer para tratar de explicar esto.

Qué es exactamente la región Oceanus Procellarum y lo que nos dice sobre el tiempo en la Luna

También conocido como cuenca Procellarum u Océano de las Tormentas en español, es algo parecido a un extenso mar que podemos encontrar en la cara visible. De hecho, estamos hablando del mar más grande que posee nuestro satélite, alcanzando una extensión de 2.500 kilómetros, abarcando un área de mayor tamaño que España, Portugal, Francia o Italia.

Como mencionamos antes, hasta ahora se sabe que esta región fue originada debido a inundaciones de lava, que a comparación de otras zonas de la Luna, es completamente llana y con restos basálticos salificados, pero esta es solo una teoría.

De hecho, existe otra teoría que sugiere que este «mar» en realidad es el resultado del impacto de un meteoro, dejando una gran cuenca de 3.000 kilómetros de diámetro, entonces estaríamos hablando del cráter más grande de la Luna y uno de los más extensos del sistema solar.

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A su alrededor también encontramos unos mini mares: Mare Humorum, Mare Nubium y Mare Imbrium, este último un poco más alejado y se parado de montes. Lo que sí se sabe, es que en cualquiera de los casos hubo altas concentraciones de calor.

De hecho, sus elementos (potasio, uranio y torio) son capaces de generar calor como un fenómeno ocurrido por la desintegración radiactiva que puede mantenerse por mucho tiempo, razón por la cual se estima que el fenómeno magmático pudo haber durado mucho tiempo.

Es precisamente en esta zona donde la nave de  Chang’e-5 hizo su aterrizaje, aproximadamente a unos 170 kilómetros del conocido volcán Mons Rümker, debido a su características se esperaba encontrar que estos vestigios de lava podrían ser de las últimas expulsadas en la Luna.

Gracias a herramientas de medición orbitales, es que se pudo detectar niveles muy altos de algunos elementos como torio y titanio, así como algunos minerales como el olivino y clinopiroxeno que se encuentran en forma de cristales con rastros de hierro y magnesio.

Para identificar estas muestras se utilizó como referencia la densidad espacial de cráteres en la zona. De hecho, es el número cráteres sobre esta superficie la que puede dar pistas bastante claras sobre la edad aproximada de los eventos sucedidos.

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Los cráteres son cicatrices que puede sugerir cuando un evento ha sido más reciente o antiguo

En términos generales no hay demasiada ciencia detrás de esta observación, y está más ligado a la lógica lunar: una superficie es más antigua si tiene más cantidad de cráteres, pero también tiene su lado más complejo donde se han tenido que utilizar sistemas de calibración radiométrica para poder corroborar esto y utilizar este referente como una forma rápida de hacer conjeturas a simple vista.

Por el momento, esta técnica solo se ha usado en la Luna para conocer su edad relativa y donde se tiene ya un estándar de calibración de sus cráteres, y ha servido también como referente para medir otros planetas como Marte, donde se utiliza la cronología de los cráteres para comprender la evolución climática marciana, aunque desde luego, con cierto margen de error principalmente en edades más recientes.

Sin embargo, la datación de estos eventos volcánicos en la Luna es apenas una pista casi aislada para comprender y explicar la evolución térmica lunar donde se estima que alguna vez la Luna fue un lugar increíblemente caliente, con volcanes en constante erupción y lava corriendo por la superficie.

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Además, también existe la incertidumbre si estas erupciones basálticas relativamente jóvenes captadas por la sonda china ocurrieron en zonas donde la producción de calor era alta por las concentraciones de torio, potasio y uranio, y si esto está relacionado con que este magma fue derretido en las profundidades de la Luna.

 Para lograrlo, el equipo de científicos tuvo que recolectar características isotópicas de los minerales y elementos químicos de las muestras recolectadas por Chang’e-5, lo que no les daría la información necesaria para asignar una edad exacta, pero sí para delimitar una edad basáltica aproximada.

Esto debido a que los fenómenos ocurridos en la zona de aterrizaje no sucedieron en un solo instante,  son diversos eventos ocurridos en diferentes tiempos, por lo que se tendría que predecir una gama extensa de edades de acuerdo a los cráteres de impacto en la zona que pueden ir de 1.2 a 3.2 millones de años.

Estas muestras también daría otros indicios para hacer otras evaluaciones como la procedencia del magma y la petrogénesis, es decir, conocer el origen de las rocas de la zona, y así poder obtener nuevos estándares para estimar la composición de la superficie lunar únicamente basándose en observaciones de largo alcance como las realizadas por sondas desde la órbita.

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Ina: acontecimientos volcánicos fotografiados durante la visita de Apollo 15.

Los astronautas de esta misión tuvieron la oportunidad de fotografiar en 1971 una superficie bastante extraña y particular que captó su atención, pero que se estimaba eran vestigios de una fuerte actividad volcánica, pero en ese entonces era algo bastante improbable.

Si bien ahora tenemos la tecnología como para observar volcanes y medir elementos magmáticos, en la década de los 70 no se sabía nada al respecto y hasta resultaba ilógico que un satélite tan inerte como la Luna hubiese tenido erupciones volcánicas.

Tal vez hubiésemos tenido esta información mucho antes cuando arrojaron a la sonda lunar Orbiter 4 en 1967 para tomar fotografías de la más alta resolución de toda la cara visible de la Luna, pero el destino quiso que no tuviésemos conocimiento de estos restos volcánicos cuando únicamente se pudo recolectar imágenes el 99% de la Luna.

Cada imagen podía captar una extensión entre 58 y 134 kilómetros, pero extrañamente en ese 1% faltante que quedó sin fotografiar se encontraba Ina, así que durante 30 años prácticamente no supimos nada de este inexplicable lugar.

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Con la tecnología posterior se pudo recolectar más evidencia de que el fenómeno en Ina no era aislada, y que había más «Inas» en otras partes de la Luna, alrededor de unos 70, que no datan de 1.000 millones de años como se pensaba, más bien estos tenían apenas 100 millones de años, apenas un parpadeo para los tiempos del universo.

Aunque aún ponerle una fecha a los eventos de la Luna es algo que está fuera de nuestras posibilidades con la tecnología actual, estos últimos hallazgos nos están acercando a la posibilidad de ir afinando nuestras técnicas, lo que ayudará a comprender también cómo funciona la medición del tiempo en otros países.

Desde luego, esto podría ayudar también a comprender otros aspectos que estén más relacionados con nuestro planeta, pues aunque no lo parezca, los fenómenos que pudieron ocurrir en la Luna pudo haber afectado también a nuestro planeta de alguna u otra manera, y viceversa.